martes, 7 de junio de 2011

¡CULTURA!...¿CULTURA?

¡CULTURA!...¿CULTURA?

Alejandra Velásquez, Deyby Schneyder Peñafiel, Melvin Uribe, Gloria A. Puertas.
Otra vez trancón, bus lleno, un calor asfixiante y, como de costumbre, el MIO deteniéndose casi en cada esquina. En general a los apretados y sofocados pasajeros no parece importarles, pero a Don Joaquín le resulta algo inaudito.

Don Joaquín lleva en el bus un poco más de quince minutos y empieza a manifestar su inconformidad a los demás pasajeros. A la señora del lado, le exclama con voz de discurso que la culpa es de los políticos que siempre se roban la plata en nuestras narices (bla, bla, bla…); al muchachito que está concentrado en su celular, le toca el sermón de la inseguridad en la ciudad; y a la mujer quien carga dos bolsas en la mano, pobrecita, lleva la carreta más larga de todas, la falta de conciencia ciudadana y el irrespeto. Don Joaquín incluso levanta la voz para recalcar la falta de caballerosidad de los presentes por nadie haberle cedido el puesto a ella, aunque, a decir verdad suena más como una herida personal. En fin, como es de esperarse el tipo sólo consigue unas cuantas miradas indiferentes y otras molestas por sus comentarios y su presencia misma.

Estando un poco más vacío el bus, Don Joaquín encuentra con quien compartir sus molestias, sus próximas victimas, una pareja de jóvenes que están en la esquina de atrás, y que por andar mirando llamaron la atención del amable Don Joaquín, quien sin vacilar se dirige hacia ellos. A él lo pisa por culpa de un frenazo del conductor imprudente del que tanto se queja y a ella la empuja intentando acomodarse descaradamente en medio de los dos a causa del empujón “accidental” de otro pasajero. Como si hubiera recargado las pilas, Don Joaquín desesperado inicia de nuevo el mismo parlamento de críticas y reclamos, esta vez con el objetivo de compartirles a estos jóvenes lo que él llama CULTURA.

La joven se resigna a su incómoda presencia pero el joven comienza a respirar fuerte y su cara toma cierto color rojizo y como no, si Don Joaquín lo ha tenido media hora en medio del estrés que sí trae andar en MIO, escuchando la misma vaina con esa voz indeseable que por los pocos dientes que le quedan no hace más que disparar saliva incontrolablemente y el olorcito que trae consigo el viejo Don Joaquín. Para colmo de males, ser pisado por esa patísima metida entre esos zapatos de charol que tienen un tacón diminuto pero poderoso a la hora de causar dolor ¡pobre muchacho! o… ¿pobre Don Joaquín?

Por andar de imprudente y atacado el panzón de Don Joaquín no mira a quien es que está molestando, pues el joven resultó no ser ni tan joven ni tener mucha cultura de esa que habla Don Joaquín; mirándolo de reojo alcanza a ver los brazos del “joven” llenos de una masa muscular y decorados con tatuajes de peligro y de perros rabiosos en cada lado; esto y la pequeña cicatriz que atraviesa la mitad de su rostro, le dan a Don Joaquín una razón para esperar su bajada en silencio, como los demás pasajeros, incluso cambia de lugar. Lástima que sea demasiado tarde…

Llega el bus a la plaza de Caicedo y Don Joaquín ya sin disgusto alguno, y sin voltear, se baja rápidamente dejando atrás las incomodidades e incomodados a su paso. Pero no, el joven coincidencialmente se dirige hacía el mismo lugar. Van por la misma calle hasta que, llegando a la esquina, el joven lo alcanza y se dispone con todo gusto a terminar de una vez por todas con esa discusión, tan sabrosa, que el viejo cantaletoso inició en el MIO.

Desafortunamente para Don Joaquín, el joven ya no tenía la intención de seguir soportando su cantaleta y su presencia. En cambio, saca una navajita que tenía en el bolsillo y sin pensarlo dos veces, de muy buena gente, manda de vacaciones a Don Joaquín a una mejor vida, sin trancones, sin políticos, sin calor, sin falta de cultura.

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