martes, 7 de junio de 2011

Cali, Más Que Salsa

Cali, más que salsa
Carolina Sandoval, Gustavo Ramírez, Christine Noguera
Cuando un caleño o una caleña sale de la ciudad, seguramente escuchará comentarios como: “Mira ve, ¿Cuándo es que me vas a enseñar a bailar salsa?”, “ahí viene la de Cali, que comience la rumba” o “Pongan salsa que llegó el Caleño”. Frases que hacen evidente que el mundo entero nos identifica por ser buenos bailarines de este ritmo caribeño y que nuestra construcción de ciudad está absolutamente permeada por una gran cantidad de manifestaciones que se tejen alrededor de la salsa. Sin embargo, esta estandarización termina por crear un monopolio de los espacios de entretenimiento, reduciendo la dimensión cultural de la ciudad a la salsa y a la rumba en general, marginando irremediablemente otras expresiones.

Cali es una ciudad que ha crecido a un ritmo vertiginoso en los últimos cincuenta años, tanto geográfica como demográficamente. Su ubicación privilegiada y maravilloso clima, la hacen un lugar propicio para vivir. Actualmente, aquí convergen una gran cantidad de etnias, ritmos, corrientes y estilos de diversas procedencias. Cali, como toda ciudad en crecimiento, tiende a volverse un centro urbano cosmopolita, para utilizar un término usado por los intelectuales: un espacio pluricultural. Pero los esfuerzos gubernamentales no están acorde con dicha realidad; la ciudad sigue sumida en el estigma de la salsa y las políticas actuales no responden a la realidad social de la ciudad.

La Feria de Cali, el Festival mundial de la salsa y el Festival de salsa y verano son los eventos más importantes en el calendario de la ciudad y se realizan sin ningún contratiempo. No obstante, cuando aparecen alternativas diferentes y se necesitan aquellos espaldarazos de la clase dirigente que incentiven el surgimiento de nuevos escenarios de expresión para los caleños, la situación no resulta ser tan ideal. Por ejemplo, este año, el Festival internacional de cine de Cali fue cancelado por aparentes fallas presupuestales, por otro lado, el Festival internacional de ballet contaba solo con doscientos millones, lo que puso en duda su realización, hasta que nuestro maravilloso alcalde Iván Ospina, muy heroicamente, donó otros cien millones, suma paupérrima para un evento que contará con compañías de Chile, Estados Unidos, República Dominicana, China, Venezuela, República Checa, entre otras; comparado por ejemplo con los 500 millones que se invirtieron en bailarines para el que es ahora el evento central de la Feria de Cali, el Salsódromo.

Es evidente que el aspecto económico limita mucho la aparición de nuevas expresiones. Los eventos relacionados con la salsa son más rentables para la ciudad, lo que implica que el turismo esté claramente inclinado en este frente, por esta razón, la ciudad crece significativamente en el sector de la rumba. En las emisoras de radio, los locutores se ufanan constantemente que Cali posee cerca de seis zonas rosas: entre las más sonadas: Menga, Granada, La Sexta, aparte del tradicional Juanchito. En estos medios se escucha constantemente la apertura de una nueva discoteca, pero, ¿por qué no escuchamos con la misma frecuencia la inauguración de una nueva biblioteca?

La responsabilidad no es solo de los dirigentes, todos como caleños debemos apropiarnos de la construcción de nuestra propia identidad como una manera de vernos a nosotros mismos, para que el mundo nos vea de manera diferente. Cali es, sin lugar a dudas, más que salsa, debemos acabar con este estigma que nos estanca en otros frentes. Pensemos en Humberto Jarrín, poeta y cuentista; en Gerardo Caballero, dramaturgo, entre muchos otros más. Interesémonos todos, por conocer de manera más amplia nuestra cultura y no solo lo relacionado con la salsa.

Deseos de olvido

Deseos de olvido

Por: Sandra Muñoz, Angelica Riascos, Wilmer Vargas

Ciudad, seis letras que solo me inspiran tristeza

pues por cosas que ya son de naturaleza,

debo vivir así, como una cualquiera.

Entre sus calles desoladas me oculto,

muestro el alma como posesión barata,

me inundo de telarañas, ellas me enredan el alma.

Corro y me detengo

porque la verdad me aplasta.

Mis bellos campos, ahora fotografías de olvido

como esos sueños lejanos...

¿Quién era él para decirme que solo así podía triunfar?

¿Quién era él para mis sueños derrumbar?

Pues él, él era ciudad.

Llenó mis sueños de profundos anhelos

que me susurran historias de almas olvidadas.

Cuando pensé que me cubría la luz de la luna,

me estrellé con las ventanas de su alma

y me obligó a arrastrarme

mostrando la palpitante impureza.

Quisiera volver a esos campos,

donde solía correr libre,

donde los sueños se podían cumplir

y mi deseo era triunfar.

Ahora, el sol que ha perdido su luz

llama a mi puerta, ya he olvidado todo,

todo queda en el pasado,

todo menos el dolor de mi alma,

ese que martiriza mis sueños

donde aún armo fantasías.

Fantasías que me ayudan a seguir,

a sentir emoción,

a no olvidar que sigo viva,

viviría y no regresaría.

Y pienso...

En escapar de las garras de las soledades infinitas,

quiero abrazar la libertad y estrellarme con él,

dejar de pensar y soñar;

y matar a la cucaracha desgraciada que miro en el espejo.

Aun así, se acabó, estoy cansada;

no esperaré...

A que la maldita miseria decida extinguir mi esencia,

quiero hacer un trato y decidir el adiós,

la noche es testigo y fuente de mi dolor.

Él, acompañado de las frías calles;

me lanza a este abismo desolado

en el cual mi dignidad se ve perdida,

como si nunca hubiera formado parte de mí.

El suelo me llama y es normal,

como animal fui echada de sus camas y como él regresaré, porque ya no queda más,

ni una manera de mirar al cielo y pensar en volar.

Mis cadenas me lastiman

al tratar construir una salida concreta,

un sentimiento puro,

una caricia honesta para mi vida obsoleta.

Solo me basta pensar en el día después,

darme cuenta que estas cadenas nunca se romperán

mientras siga sumergida en la miseria de la ciudad; esa que carcome mi alma, mi vida y mi ser.

Mi identidad se borró de mi memoria, no sé quién soy...no reconozco ni mi propia suciedad.

¡CULTURA!...¿CULTURA?

¡CULTURA!...¿CULTURA?

Alejandra Velásquez, Deyby Schneyder Peñafiel, Melvin Uribe, Gloria A. Puertas.
Otra vez trancón, bus lleno, un calor asfixiante y, como de costumbre, el MIO deteniéndose casi en cada esquina. En general a los apretados y sofocados pasajeros no parece importarles, pero a Don Joaquín le resulta algo inaudito.

Don Joaquín lleva en el bus un poco más de quince minutos y empieza a manifestar su inconformidad a los demás pasajeros. A la señora del lado, le exclama con voz de discurso que la culpa es de los políticos que siempre se roban la plata en nuestras narices (bla, bla, bla…); al muchachito que está concentrado en su celular, le toca el sermón de la inseguridad en la ciudad; y a la mujer quien carga dos bolsas en la mano, pobrecita, lleva la carreta más larga de todas, la falta de conciencia ciudadana y el irrespeto. Don Joaquín incluso levanta la voz para recalcar la falta de caballerosidad de los presentes por nadie haberle cedido el puesto a ella, aunque, a decir verdad suena más como una herida personal. En fin, como es de esperarse el tipo sólo consigue unas cuantas miradas indiferentes y otras molestas por sus comentarios y su presencia misma.

Estando un poco más vacío el bus, Don Joaquín encuentra con quien compartir sus molestias, sus próximas victimas, una pareja de jóvenes que están en la esquina de atrás, y que por andar mirando llamaron la atención del amable Don Joaquín, quien sin vacilar se dirige hacia ellos. A él lo pisa por culpa de un frenazo del conductor imprudente del que tanto se queja y a ella la empuja intentando acomodarse descaradamente en medio de los dos a causa del empujón “accidental” de otro pasajero. Como si hubiera recargado las pilas, Don Joaquín desesperado inicia de nuevo el mismo parlamento de críticas y reclamos, esta vez con el objetivo de compartirles a estos jóvenes lo que él llama CULTURA.

La joven se resigna a su incómoda presencia pero el joven comienza a respirar fuerte y su cara toma cierto color rojizo y como no, si Don Joaquín lo ha tenido media hora en medio del estrés que sí trae andar en MIO, escuchando la misma vaina con esa voz indeseable que por los pocos dientes que le quedan no hace más que disparar saliva incontrolablemente y el olorcito que trae consigo el viejo Don Joaquín. Para colmo de males, ser pisado por esa patísima metida entre esos zapatos de charol que tienen un tacón diminuto pero poderoso a la hora de causar dolor ¡pobre muchacho! o… ¿pobre Don Joaquín?

Por andar de imprudente y atacado el panzón de Don Joaquín no mira a quien es que está molestando, pues el joven resultó no ser ni tan joven ni tener mucha cultura de esa que habla Don Joaquín; mirándolo de reojo alcanza a ver los brazos del “joven” llenos de una masa muscular y decorados con tatuajes de peligro y de perros rabiosos en cada lado; esto y la pequeña cicatriz que atraviesa la mitad de su rostro, le dan a Don Joaquín una razón para esperar su bajada en silencio, como los demás pasajeros, incluso cambia de lugar. Lástima que sea demasiado tarde…

Llega el bus a la plaza de Caicedo y Don Joaquín ya sin disgusto alguno, y sin voltear, se baja rápidamente dejando atrás las incomodidades e incomodados a su paso. Pero no, el joven coincidencialmente se dirige hacía el mismo lugar. Van por la misma calle hasta que, llegando a la esquina, el joven lo alcanza y se dispone con todo gusto a terminar de una vez por todas con esa discusión, tan sabrosa, que el viejo cantaletoso inició en el MIO.

Desafortunamente para Don Joaquín, el joven ya no tenía la intención de seguir soportando su cantaleta y su presencia. En cambio, saca una navajita que tenía en el bolsillo y sin pensarlo dos veces, de muy buena gente, manda de vacaciones a Don Joaquín a una mejor vida, sin trancones, sin políticos, sin calor, sin falta de cultura.

El Vago y Su Reino

El vago y su reino

Lizeth Rayo, Michelle Waldo, Brenda Portilla

Al despertar, sentí dolor y ardor en todo mi cuerpo, de inmediato recordé la noche anterior: cada golpe, cada palazo que me dio el dueño de ese restaurante, tan sólo por intentar agarrar unos sobrados de la última mesa. (Qué tonto, igual él, los iba a botar). Me largué de ahí, sin decir nada, no tenía caso, ni tampoco ánimos para siquiera gruñir…



Olvidando mi cuerpo magullado, no tuve más remedio que ir a beber de algún charco y escudriñar entre las basuras para encontrar algún alimento, comestible eso sí.



Un envolvente olor a carne empezó a invadir mis fosas y dejándome guiar por esa pista, comencé a caminar por las congestionadas calles. Tuve mucho cuidado de los asesinos con ruedas, sobre todo de ese transporte azul que no respeta nuestra vida y según lo que me decía mi parcero tampoco la de ellos. El aroma no proviene de muy lejos, cada vez lo sentía más cerca y seguí caminando hasta que me encontré con una calle en donde la basura abundaba, y la esencia de la carnita me llegaba mezclada con el hedor de miles de desperdicios y podredumbres que yacían por ahí.



No entiendo como esos seres sofisticados pueden soportar una vida entre tanta porquería, y así se hacen llamar “civilizados”, aunque no es raro, él siempre decía que vivir acá en el centro no era fácil: en las noches los vagos peleándose por un lugar para dormir; en el día, el ruido, la gente, los vendedores, los trancones. Sin embargo, pararse al lado de los restaurantes siempre ayuda: buena comida y gente que siente lástima, en algunas ocasiones hasta me han hecho cariñitos sobándome la cabeza. Por algo como eso vale la pena aguantar los golpes y las miradas de rechazo que se puedan recibir en una vida entera.



Fuera de un local, la encontré a ella: la bendita carne que me había guiado hasta allí. Había un gran asador y sobre él yacían esas masas blancas junto a mi preciado manjar. Se me hizo agua la jeta, realmente no podía esperar más por tenerla entre mis dientes. Pero recordé lo que me decía mi compañero de aventuras, que nada en la vida es perfecto y en ese caso había una anciana vigilante soplando con fervor el carbón y, a la vez, esparciendo ese magnífico olor que me extasiaba el olfato.

Sospeché que no era el único allí que deseaba tener la carne, había algunas personas hablando con la señora, pero sólo escuché murmullos pues el banquete había raptado todos mis sentidos y no pude saber de qué hablan.

Sin saber qué mirada dirigirle a la anciana empecé a perder el control de mis impulsos. Pensé que en cualquier momento esa fuerza se apoderaría de mí y me lanzaría encima de la carne sin importar las brasas ni la vieja esa.

De repente vi como un trozo de carne medio rojizo voló en dirección a mi cabeza, no dudé ni un segundo en atraparlo y lo devoré con gusto. La señora que acababa de lanzarlo me sonrío y siguió con su labor, pero eso no era suficiente para mí, deseaba más, necesitaba más. Me quedé un rato ahí sentado mirando como la señora maniobraba la carne, pero luego a ella parecía estorbarle mi presencia.

Y fue entonces cuando empezó a hacer con sus casi inexistentes labios, ese típico sonido con el cual la gente me calla y me echa de todas partes, pero yo lo ignoré, la verdad me importaba un pito. Lo único que quería era ese delicioso manjar que estaba encarcelado en uno de esos recipientes que tenía sobre la mesa.

Supuse que el puesto era muy popular pues llegaron muchas personas a hacer pedidos. Aproveché la distracción de la vendedora para escabullirme sigilosamente por debajo del mantel hasta que tropecé con unos pies pequeños y gordos.

Como por arte de magia un plato cayó delante de mis ojos; la masa blanca aplanada que contenía resbaló hacia un lado y en cambio el pedazo de carne se quedó quietecito en la mitad como si estuviera listo para que yo me lo comiera. Saqué desesperadamente mi lengua y engullí mi apetecido platillo con muchas ganas.

Una fuerte patada en el estómago no me permitió disfrutar más tiempo de la degustación gratuita, un golpe tras otro y las palabras de desprecio por parte de la vendedora y sus clientes me hicieron comprender que debía irme si quería seguir viviendo.

Caminé adolorido unos metros y aún así seguía escuchando el incesante parloteo de las señoras que fueron a comprar su desayuno. Sentí unos pasos humanos tras de mí y volteé a mirar asustado, por un momento pensé que era la tipa esa de la carne que venía a vengarse por haberle hecho caer uno de sus pedidos, pero no fue así, me llevé una gran sorpresa al descubrir que quien me seguía era un pequeño niño.

El infante se acercó a mí con una sonrisa y me careció la cabeza y el cuerpo, se sentó en el asfalto y sacó de su mochila un pan mediano, lo partió a la mitad y dejó uno de los trozos en el suelo, haciéndome señas que lo comiera.

Yo así lo hice, y no sé porqué ese pedazo de harina salada me supo mejor que la carne. Tratando de definir ese no sé qué, me di cuenta que el sabor no dependía de la comida; era el brillo de los ojos del niño al mirarme, su sonrisa inocente y juguetona, lo que hacía que mi corazón latiera distinto, con más fuerza. Era un gozo que trascendía las ganas de comer y correr. Algo que nunca había sentido y quería seguir sintiendo.

Su mamá pegó un grito, haciendo que toda la magia se derrumbara lentamente. El niño salió corriendo y la tomó de la mano. Ella le dio una palmada y lo regañó por acercarse a “ese mugroso”.

Un sentimiento de impotencia empezó a invadirme y no resistí las ganas de seguirlos, el niño, de vez en cuando volteaba a mirarme. Entraron en una casa a pocas cuadras del puesto ese.

Me quedé ahí esperando, horas y horas, hasta que nuevamente decidí ir a buscar algo para comer, mi estomago me lo exigía. Justo en ese momento se asomó por la ventana el pequeñín, él me tiró un pernil de pollo, seguro que era su almuerzo. Sabía delicioso, juro que si alguien pudiera alcanzar el cielo y morder una nube diría que ese es su sabor.

Al terminar esa ricura busqué, impacientemente, con la mirada al niño y escuché un llanto, ¡era su llanto! También escuché a esa mujer decirle que le prohibía botar la comida, le gritó que él no tenía porqué quitarse el bocado para endonárselo a una estúpida criatura. Sí, deduje que ese era yo. No soporté saber cómo esa señora lo trataba, me repugnó la idea de que esa mujer le llegase a maltratar, así que decidí seguir visitándolo.

Así han pasado ya cinco días, es hermoso este sentimiento de amistad que ha renacido en mí. Además, Sebas siempre me tiene algo para comer, y yo con ganas de preguntarle tantas cosas, no tengo otra opción que aceptar las pocas caricias que me alcance a dar antes de que nos pille el ogro de su madre. Me pregunto ¿Qué será lo que tiene esa señora en contra mía? Siempre me raya los ojos, me chista, qué fastidio. Y pensar que es la madre de ese angelito.

Hoy, como es costumbre ya, espero a que Sebas salga con su hermosa sonrisa y me dé un abrazo… pero qué extraño, es doña doña la que sale, veo dibujada en su rostro una expresión un tanto amable. Trae una vasija con algo que me envuelve, sí, ha de ser sopa. Y me lo ofrece, yo me abalanzo hacia ella estremecido, al fin me ha aceptado y esta es la mejor manera de hacérmelo saber, preparando una gustosa sopa para mí. Estaba equivocado acerca de la doña, resultó ser igual que su hijito.

La empiezo a degustar, no sabía a lo que sabe una sopa, pero bueno, ha de ser la sazón, igual no le puedo hacer un desprecio a esta mujer de tan buen corazón, y de muy buena gana me la tomo toda.

Siento pesadez, supongo que era mucha sopa, decido echarme en el antejardín por un momento, creo que necesito una siesta. De repente siento una punzada en mi estomago, todo empieza a dar vueltas, a ser borroso, la imagen de mi Sebastián se va desvaneciendo lentamente. De lejos escucho una expresión de satisfacción de la vieja y un sollozo del niño. Mis ojos intentan cerrarse y yo lucho por mantener la mirada fija en mi pequeño amigo.

El Último Soñador

EL ÚLTIMO SOÑADOR

Leonardo Tello

El reloj marcaba las 8. Un billete se deslizó crudo entre las líneas de la cadera; la piel fría y un tanto viscosa temblaba levemente al descenso de la mano. Mientras depositaba el tan merecido pago, **** se replegó por completo contra la espalda de la furcia apoyando el picudo mentón en su hombro descubierto y dejándole sentir sin más, su miembro penosamente erecto aun. Sonrió malicioso, perdido en un arrancón de dopamina que lo empapaba por dentro y hasta se le escurría por los ojos, en una espesa bruma de nicotina; con la satisfacción absoluta de quien ha gastado su último sueño.

Hacía mucho tiempo, según dicen en las calles las señoras que salen temprano a barrer sus andenes, que todo lo saben y lo han escuchado siempre de un par de bocas más y por supuesto los bandidos que pululan en cada rincón gris; en esta ciudad llamada Cali, ciudad olvidada por dios o tal vez estropeada por su divino codo mientras hacía algo más interesante, se podía soñar. Se soñaba día y noche, a las tres, cuando el calor endurecía por igual las cabezas de niños y ancianos, de bohemios sin propósito y burgueses sin alma; y también a la media noche. Se soñaba en los cuartos, las salas, las bibliotecas y los autobuses. Se soñaba con Adler o arte figurativo ¿por qué no? Con gente muerta o un mejor amigo, entre flores o palenqueras. Se soñaba sin razón aparente, sin objetivo, sin restricción. Solo hacía falta cerrar los ojos por un momento y permanecer en una posición cómoda e inmóvil para que los sueños llegaran a inundar las mentes como tormentas de verano. De aquel tiempo donde los sueños eran cuestión fortuita, y lo más importante, gratuita; pocos a excepción de algún grupo de ancianos que por su carácter obstinado le huían todavía a la fatalidad del destino, podían haber disfrutado. Soñar era hoy la transacción comercial más lucrativa y por supuesto su comercialización se había convertido en cuestión sofisticada, digna de una gran multinacional.

Entre el crujido de las cortinas ya espigadas por el polvo y las sombras que cada pequeño rincón acogía se lograba oír un pequeño grito ahogado de desesperación, los pasos cada vez más rápidos, y una estela de humo se posaba ridícula sobre cada escalón, hacia abajo. **** había cruzado la puerta de entrada sin despedirse, llevando un pequeña filtración ocular dibujada a lo largo de las mejilla derecha, efecto claro de la arena que cae sin permiso de los viejos edificios de esta ciudad anaranjada. Había que correr, el único pensamiento claro que llevaba clavado en la cabeza, escapar de la luna perseguidora y esconderse en el último rincón de algún bar; uno atestado de perdedores que al igual que él, cumplían tan bien su función que habían dejado atrás hace mucho tiempo la esperanza y alguna que otra ilusión desgastada, un esbozo difuso de vida. Habían pasado varias horas, la noche se gastaba cada vez más hasta lucir gris y confundirse con los muros de edificios abandonados. A mitad de la calle oscura frente a la iglesia de la ermita, donde en otro tiempo se movía el comercio y los mares de gente inflamando los sentidos de manera ridícula, ya solo quedaba una débil luz rojiza acompañada de tristes boleros. “mal sueño” se llamaba el bar; en la entrada hacia guardia un rollizo hombre lleno de pelo. **** Se acercó vacilante, encendió el tabaco como era debido; en la puerta, para espantar el olor a muerte que venía de dentro y espero la bienvenida. Un desfile de enanos a dos tonos caminando sobre sus manos hizo dos filas a cada lado del pasillo, la música se detuvo y se cambió por risotadas sin sentido, el hombre en la puerta agito una bolsa llena de semillas. Y así, con paso apresurado **** estuvo dentro, se posó en una de las sillas al lado del baño y levanto su mano pidiendo lo de siempre, dejando caer sus últimas monedas sobre la mesa. Al fondo, entre la nube de humo y los cuerpos de tres asiáticos bisexuales acariciándose en un éxtasis opiáceo una mujer lo miraba fijamente. A cada segundo, **** se aferraba con fuerza a su bebida mientras se invadía a gotas de una curiosidad desenfrenada; la mujer se puso de pie provocando la mirada de todos en el lugar, camino decidida hasta la mesa sin dejar de mirarlo penetrante, tomó la silla frente a la suya y suspiró.

“empezó como un experimento” dijo de inmediato la mujer mientras **** escondía la boca temblorosa en el vaso. “estudiaban el efecto de las ondas binaurales sobre la actividad neuronal y lograron desarrollar sonidos que podían activar zonas específicas del cerebro, provocar alucinaciones, estimular y producir sueños a distintos niveles de intensidad”.

El calor ascendía vaporoso bajo la mesa, donde las rodillas de ambos rechinaban al moverse frenéticamente en un ataque d ansiedad colectiva. **** Se puso de pie con violencia, tomo la mujer por las manos y la llevo hacia su cuerpo. Se movían lentamente, llevando el compás de una canción desconocida con los pies, él aspiraba el aroma de sus negros cabellos, se hipnotizaba con la forma de sus ojos y enloquecía lentamente sintiendo su figura, su aire de gitana mientras bajaba lentamente las manos por la húmeda espalda hasta enredar los dedos entre sus glúteos presumidos. Ella, un tanto más pudorosa, le dejaba sentir a través de la ropa su tibio sexo mientras la canción se repetía una y otra vez.

“habrá que transgredir siempre” susurraba **** al oído de la mujer “sin importar qué, como, ni cuándo. Por eso he decidido la locura, los mortales tienen que aferrarse a la seguridad de la muerte, el resto es simple angustia; pero yo, tejedor de ilusiones, irónico, pensamiento hecho carne, solo puedo aspirar al más alto grado de conocimiento. He gastado mis últimos pesos en el calor de una prostituta y un trago, he abandonado todo y ahora no puedo pagar más sueños; estoy condenado a dormir sin poder soñar y por tanto a perder la razón”. La canción seguía repitiéndose como un eco infernal espantando con furia las horas. En un interminable y lento danzar, **** y aquella mujer se hacían cada vez más uno solo, se conocían con lentitud orgiástica cada rincón, separaban sus cabezas de cuando en cuando para asegurarse que los ojos del otro no cambiaran de color, que los labios palpitaran cada vez con más fuerza, y volvían a sus lugares para perderse en la vibración de sus cuerpos.

La atmosfera en el lugar llegaba a su clímax; los gritos se apaciguaban con lentitud, ya no se hablaba de Miró o el despotismo ilustrado, solo balbuceos sin sentido excretaban las sedientas bocas de los dionisiacos presentes; el calor se aferraba a cada fibra de sus ropas húmedas, y la niebla adentro era tan intensa que apenas si se podía respirar. Afuera la ciudad era un estallido silencioso; los ladrones esperaban impacientes a sus víctimas, las fuerzas del orden dormitaban plácidamente, una que otra mujer gemía de placer en algún tugurio de la carrera 15 y unas cuantas más lo hacían de pesar, se oían las carcajadas de grupos de niños aprendiendo de anatomía en las películas pornográficas de sus padres, se manchaban de sangre las calles; y en el cielo las antenas no paraban su movimiento, transmitiendo sin descanso los sueños, controlados e infestos de propaganda, que cada ciudadano consumía sin reparo.

Se asomaban las dos de la madrugada en los relojes, la necesidad de correr de nuevo desgarraba la espalda de ****. Al salir, el frio cortante le hizo encogerse de hombros y cruzar los brazos mientras caminaba. Ella detrás de él, a su lado o dando vueltas alrededor, tomándolo por el cuello de la chaqueta o por el pantalón, tocándole la entrepierna cada tanto, entre pasos, invadida de una trivialidad obscena, las palabras entre los dos iban y venían, no había dialogo, solo calles amarillentas escuchando lo que cada uno decía, tampoco había necesidad de nombres, edades, religiones ni pregunta alguna.

Al principio desarrollaron aplicaciones para el entretenimiento, simularon drogas recreativas y Existe una sensación de angustia, de indeterminación, que me impulsa a correr sin razón, a terapias medicas; luego, cuando pudieron controlar el primer sueño, fabricaron más y más, de Buscar en lo más profundo de cualquier cosa, un poco de trascendencia, a escapar si más de la todo tipo. Contrataron literatos y poetas, músicos y artistas plásticos, exprimieron sus ideas y Humanidad que me infecta, de ser arrojado a la muerte; y por eso he perdido todo, ya no me amasaron fantasías oníricas por montón; y cuando estuvieron listos vendieron su invento al Interesa seguir perteneciendo al eterno ciclo del cual soy una víctima. Sé muy bien que dejar mejor postor, beneficiando a una compañía de telecomunicaciones. Así, la distribución de de De soñar por un tiempo superior a una semana produce una perdida innegable de la sueños se pudo masificar y empezó a ganar popularidad el uso de sueños inducidos. Primero Capacidad de discernir lo real de lo imaginario, del sentido común…pero precisamente he solo jóvenes a la moda y viejos con problemas y desordenes siquiátricos, luego por gente del Buscado incansablemente apartarme del mundo y ser todo, ser simplemente. También me han común, niños y adultos, nadie quería quedarse sin usarlo. Y después de un tiempo, todos Contado del escuadrón del hospital siquiátrico, que busca a aquellos que han perdido la razón empezaron a olvidar como se vivía antes de tan genial invento y se hizo una necesidad vital; ya Y han decidido dejar de soñar, para encerrarlo y experimentar con ellos; pero no me asustan nadie podía soñar por su cuenta. Empezaron a incluir publicidad en cada sueño y eso los hizo He intentado soñar por mi cuenta, he buscado el método, he leído los libros prohibidos pero ganar más dinero, luego el gobierno tomo el control e incluyeron propaganda de control No logro más que alucinaciones hipnagógicas simples, sigo despierto intentando soñar…no soy político, y el pueblo se hizo totalmente fiel al sistema; más tarde, cuando estalló la guerra por Más que la imaginación de algún demente que ha decidido dejar de soñar o tal vez el dominar a Venezuela la propaganda de guerra convirtió a todos en soldados sanguinarios, pero personaje absurdo de algún sueño inducido, no existe mi ropa, mi cuerpo, ni siquiera cualquier al ser derrotados, los líderes se dedicaron a mantener a sus mesmerizados seguidores en un Palabra que pueda proferir, soy solo un ilusión, sin alma. Pero ¿por qué puedo llegar a pensar estado de confusión haciéndoles olvidar o que había sucedido, dejando toda ciudad y rincón sin Nadie imaginaria o soñaría un personaje que se pueda cuestionar así mismo como existente objetivo, sumido en la miseria y lleno de deshechos humanos incapaces de sobrevivir sin su Eso violaría toda lógica de un sueño o una imaginación, en algún punto debo ser, mi existencia dosis de sueños. Transmitir sueños se convirtió en la única industria que sostiene a la nación y Debe estar justificada como algo que puede albergar esta angustia de no existir; no habría el pueblo en maquinaria sin razón, todo volvió a ser como al principio: caos, pobreza e Propósito en soñarme de esta manera, yo no me soñaría de esta forma tan humana injusticia; pero cada vez un poco peor, sin sueños.

Los pasos que lentamente recorrían la ciudad los habían llevado sin darse cuenta, bajando por la carrera 1ª hasta el puzzle de calles inciertas, bajando puentes y caminando al lado del rio, sin dejar por un segundo que el silencio hiciera su aparición, hasta encontrarse frente al edificio alguna vez más alto de la ciudad. Ella tomo la mano de **** y corrió muy apresurada hasta la entrada, una puerta dura y fría de apariencia inamovible; con pequeños golpes compuso una melodía y adentro empezaron a escucharse pasos, luego voces de hombres. La puerta se abrió de un solo golpe dejando escapar un hedor a carne podrida, en el umbral se encontraba un hombre, recibiéndolos, sin tener en la boca una sonrisa y de negro vestido, invitándolos con una mirada triste a pasar. Mientras la mujer sin soltarle la mano conducía a **** por los pasillos, él pudo darse cuenta que se encontraba en la guarida de “los soñadores”. Se le decía entre los niños en las escuelas para asustarlos y por algunos ancianos también, que existía un grupo escaso, no superaba los 20 miembros en la ciudad, que habían decidido vivir apartados del resto y nunca habían usado la red de sueños, eran soñadores naturales y vivían como animales violentos en los viejos edificios de la ciudad.

La habitación estaba oscura y se sentía la humedad en el aire, **** y la mujer entraron sin hacer una sola pausa. Ella encendió un par de velas que parecían haber estado ahí hace más de 50 años y muy delicadamente se despojó del vestido rojo que la cubría, amenazando al cielo con sus pechos blanquecinos y erguidos mientras miraba al hombre que apenas había conocido hace una horas en el bar con el deseo dibujado en el rostro. **** se abalanzo sobre el fino cuerpo de la mujer sin dudarlo y empezó a besarlo por completo, desde los tobillos hasta el cuello, sin dejar un milímetro inalterado, deteniéndose especialmente sobre sus ojos cerrados mientras ella se retorcía epiléptica y narraba sin detenerse.

En una veta color púrpura de desgarrado lixivio de lastimero llanto de cristal cortado con lenguas afiladas que se retuercen bajo la sombra negrisacea que abastece erguido el único dedo cadavérico de una mano rolliza de angelical zoomorfo multiorgasmico technicolor transdimensional alado que ronda somnoliento y serpenteante un brillante sol de medianoche que incinera una pupila esponjada de nube veraniega filtrada en avisperos alambrados que destilan migajas de galleta achocolatada verdosa y de concreto que se lacera al tocar la única pierna de una araña histérica luchando por su vida contra la marea de una bocanada de humo liberada del centro reverberante de un ombligo imberbe de muñeco de nieve a cuarenta grados de temperatura replegado en la ventana del veinticincoavo piso de un edificio construido en tablas de cama rechinantes infestas de gorgojos seductores que danzan violentamente al son de un ditirambo salido de cuerdas de tejido necrótico estomacal templadas en una guitarra de figura masculina en agonía flemosa escupida bajo baldosas de papel crepe rosado que cubren un plato de arcilla lleno de larvas de pareja humana que chillan incansables hasta alcanzar el pezón en la espalda de un joven decadente que mueve su mandíbula en pares para deglutir los cabellos de una afrodita de natas sumergida en inmensos beligerantes y coloridos fluidos purulentos de mucosa cervical contenidos en vasos de papel tejido de arroz y venas de zancudo reposado en las criptas de jovenzuelas pardas parpadeantes bajo la luz ebria de la luna medio dobloretorcida en saltos de piedra absurdogonal desfallece exhausta el alma despellejada de mi madre después de devorar a la hija de su madre.

La presión de cada movimiento azotaba con fuerza hasta el último rincón de la habitación, que poco a poco parecía cada vez más opaca a través del aire inundado de placer. Labios y dedos se confundían y miles de ojos se abrían en las paredes girando sin parar sobre sus orbitas, enloquecidos. La saliva y el sudor ahogaban lentamente los cuerpos desnudos agitándose convulsivos mientras cabellos volaban y las almas se perdían en las miradas sicóticas de miles de colores. Las pieles tibias se hundían una en la otra, cada vez más profundas y gotas de sangre brotaban de cada herida, el flagelo del amor casual hacia su aparición sin cuidado. Un silencio de cementerio venía a posarse sobre las cabezas en la primera pausa, interrumpido sin razón por un suspiro profundo casi como un último intento de vida mientras los cuerpos marchaban estáticos al punto donde la muerte es cada vez más vivida y se reinventa el mundo. La puerta se abrió violentamente y un grupo de hombres románticos con rostros evanescentes entraron en una danza melancólica; uno de ellos, el más viejo, declamando a viva voz. “NOSOTROS LOS SOÑADORES, ULTIMO RASTRO IRÓNICO DE VERDADERA RACIONALIDAD EN ESTE ESPACIO INFECTO DE MICROBIOS PRESUNTUOSOS, QUE POR CULPA DEL AZAR HAN LOGRADO ESCAPAR A LAS CERTEZAS DE LA SELECCIÓN NATURAL…” la mujer seguía retorciéndose en movimientos repetitivos sobre el cuerpo desnudo y lastimero de ****, la caída eterna y absurda, la búsqueda sin sentido de la fe ciega que reposa en un breve espacio epitelial escamoso, estratificado y color rosa, exo-llamado que la penetración no alcanza. Entre los gemidos y gritos ahogados se lograba escuchar cada parte de sus delirios oníricos “…y había panes húmedos empapados en lejía flotando iridiscentes entre pasillos atestados de relojes marchando acelerados suspendidos por los cabellos dorados de vírgenes jorobadas gritando enjauladas en los tejados de mil casas sin ventanas por donde pasan pares de labios en números impares repletos de piernas caminado hacia una agujero lleno de televisores que transmiten el proceso de cocción de filetes gruesos de carne…”

Los ruidos de uno y otro chocaban, la danza melancólica se convertía en locura bacanal mientras los gemidos, delirios y declamaciones aumentaban su tono y velocidad. Se veían todos a los ojos envueltos en profunda excitación. **** gritaba sin control; llorando; suplicando o riendo, imposible determinar la forma exacta, eran gritos atronadores arrancados desde lo profundo de sus entrañas, que parecían arrancar el éxtasis de su rostro. “…por duendes con caras retorcidas extendiendo metros de cinta autoreflectiva a través de las autopistas verdosas que conducen a los cuerpos de paz hacia los campos de cebolla devorados por recién nacidos hiperdentados que en un par de horas serán asesinados por mujeres antropófagas con rasgos de pescado adheridos al cráneo…” Los gritos de **** continuaban, en desesperación absoluta y con sus ojos inyectos de sangre, sus voz se fue perdiendo lentamente mientras su boca parecía imposible de cerrarse “…NOSOTROS, HIJOS DEL PARANOICO CRTICISMO. NOSOTROS, ÚNICOS MERECEDORES DE TODO HONOR POÉTICO. NOSOTROS LOS SOÑADORES, PERSEGUIDOS DESDE SIEMPRE, TOMADOS POR LOCOS, CENSURADOS, QUEMADO POR HEREJES, OLVIDADOS POR LA RUTINA. NOS HEMOS NEGADO A PERMANECER JUNTO A LAS DEMÁS BESTIAS MORTALES MAL LLAMADOS AUN HUMANOS. NOS HEMOS ESCONDIDO EN SANTUARIOS CONSTRUIDOS DE ABSTRACCIÓN. NOS HEMOS ALIMENTADO DE NUESTROS SUEÑOS Y ASI NOS HEMOS HECHO INCOMPRENSIBLES Y TEMIDOS. HEMOS RESISTIDO DESDE SIEMPRE A LOS ARTIFICIOS DEL CONTROL MENTAL. HEMOS DESCUBIERTO EL SENTIDO DE LA VIDA Y DE TODO CUANTO EXISTE, QUE NO ES MÁS QUE…”

Un último espasmo sacudió a **** mientras sobre su cuerpo la mujer temblaba en silencio, miles de cadáveres de niños y otras criaturas igual de repulsivas todavía como semillas salpicaban violentamente entre los dos. El silencio se hizo tan absoluto que punzaba los oídos de una manera insoportable. **** rodeado de ojos que lo miraban padecer exhausto, había muerto y renacido en un momento efímero, y sin poder soportar la pesadez de la vigilia con su cuerpo casi derretido, se desvaneció a un espacio blanco infinito. Imágenes y voces de docenas de personas desconocidas se escurrían entre las puertas negras posadas a su alrededor. Se arrastró con mucho esfuerzo hacia una oreja clavada en el suelo y se introdujo dolorosamente en ella, desplomándose hacia un desierto de sal inundado por canastos de mimbre sobre los cuales se apareaban chimpancés y hembras humanas con ritmo cadencioso. Un gran estallido le hizo abrir los ojos. Hombres vestidos de blanco lo tomaron por la fuerza y lo sacaron del lugar ante la vista de cada soñador que no expresaba reacción alguna. Aunque no opuso resistencia, fue tomado por el cuello hasta cortar su flujo de oxígeno y caer inconsciente.

Sin saber que tanto tiempo había pasado, **** despertó. Sus ojos vendados, sus piernas y brazos atados irremediablemente a un postigo frio. A su alrededor el ruido sicalíptico de una multitud murmurando y la fuerte voz de un hombre “Que se sepa, que atreverse a soñar por cuenta propia es un crimen, un atentado a la moral y las buenas costumbres, un acto de perversión y vileza pura”. La multitud expectante hacia un coro siniestro, gritaban pidiendo su muerte. Se escuchaban los pasos de varios hombres frente a él; el crujir de las municiones entrando por las recamaras de los fusiles; la respiración pesada de los tiradores; la palabra fuego retumbando; el silbido de los proyectiles cortando el aire, la carne de su cuerpo desgarrándose. **** despertó, el reloj marcaba las 8.